Algo le pasa a mis extremidades. Como que el color negro les atrae. Sapo es testigo de aquello, siempre diciendo que parezco obrero de mina de carbón, cada vez que hay que armar una parrilla para algún asado (o choripaneada, en estricto rigor) de Cecip. Por otro lado, tengo la mala costumbre de andar descalzo cada vez que puedo, a pesar del sufrimiento de mi madre.
Pero había algo que sólo ayer comprendí. Cuando fui al Super, y no pude resistir la tentación de comprar y recorrer todo el Jumbo sin mis alpargatas, recordé que por alguna extraña razón la gente generalmente se percata de que uno realmente esta descalzo. Rarísimo es, pues si uno lo piensa (o tal vez estoy generalizando una idea que no es así), al caminar no nos fijamos en los zapatos del otro... Entonces, y más allá de los abuelos que te miran con cara de "póngase los zapatos, por dios, descriteriado", queda la duda. Pero sospecho ayer encontré la respuesta.
Al caminar descalzo, o miras al suelo (para ver los obstáculos y vidrios que atenten contra tu existencia), o, orgulloso alzas la vista y miras a todo el mundo. Como en el super no hay vidrios en el suelo, puedes mirar a todos a la cara. Pero, como la mayoría del mundo evita el contacto visual, baja la vista y... bueno, queda al descubierto el motivo de tu soberbia. Es como mirar a la gente de frente y decirle "ey! tú! Te invito a que descubras porque te estoy mirando..."
Procurare realizar más veces este ejercicio. De ahí les cuento como me fue.