domingo, 27 de febrero de 2011

8.8 - A un año

Escribo a escasos minutos de cumplirse un año del terremoto, aquel que cambió la vida de gran parte de los chilenos.

¿Cuántas cosas se pueden contar?

Debo decir tengo una mezcla de emociones, gigante.

Tengo un poco de remordimiento. Muchos consideran que los desastres naturales sacan, fuerzas de flaquezas o de tripas, corazón, lo mejor de nuestras almas (y escribiré almas, para que vean lo esencial de este escrito), lo que claramente no puedo refutar. Los plásticos que nos dejaron se molieron un par de semanas después, las personas que nos apoyaron pronto olvidaron lo que hicieron, pero aún así, les estoy sumamente agradecido. En verdad, no saben cuán agradecido estoy por ello.

Pero, más que remordimiento, los sentimiento encontrados son lo principal. Hay una especie de dolor, tristeza... desesperanza.

Porque las cosas materiales, en si mismas, se recuperan.

Es un frase sumamente cliché, sobretodo para las más de 300.000 familias que vimos nuestros hogares destruidos, y que comienzan a sospechar que las frases de gobierno no son más que promesas que no se cumplirán. Que pasarán otro invierno en mediaguas.

La perdida, la real perdida, va de la mano con lo espiritual. ¿Quién podrá decir que no perdió gran parte de su identidad, de su historia, después de este terremoto? Y más aún, ¿Quién podrá recuperar esa perdida?

El terremoto comenzó como cualquier temblor. Lento. No lo suficientemente fuerte como para levantarse.

Debo decir que quedé inmovil. No corrí, no me levanté. No salí de mi cama.

No recuerdo alguna imagen. Alguna fuerte sensación de movimiento. Sólo me repetía: "esto va a pasar, ya va a pasar, es otro temblor". Pero, de pronto, la luz se cortó.

Sólo se escuchaban los adobes quebrandose. En ese momento, me apoye en la pared. Y aquellos 90 cms de espesor oscilaban sin contemplación.

Nunca asumí que era lo que estaba pasando. Pensé en "Quizás si me pongo de lado no moriré cuando me caiga la pared encima", pero creo nunca pensé en que pude haber muerto. Muerto.

A los dos días, vi el trozo de adobe que estaba sobre mi cama, sobre las almohadas.

Ni hablar de cuando logré salir, de mi pieza, después de mover las repisas que bloqueaban la entrada, cuando camine con solo una hawaiana hasta la pieza de mis papás, y ví los reboques que quebraron las camas de mi papá y mi mamá.

Salimos de la casa. Una luna llena, rojiza, gigante, estaba encima nuestro.

Roja, como nunca estuvo ni lo hará.

Nos subimos al auto, luego que mi papá recordará una historia del terremoto de 1960.

Fue el inicio de semanas eternas. Sin luz. De meses, sin agua.

De miedo, que aún perdura cuando suenan las ventanas por algun camión.

De pánico, surreal y colectivo, imposible de explicar en otro contexto.


La experiencia más potente de mi vida.

viernes, 25 de febrero de 2011

[Un lapsus]

*Posteo surgido de la necesidad de encontrar un luagr donde poner esta foto. imageshack.us apesta!

martes, 22 de febrero de 2011

A Lo Vásquez en Bicicleta - II Parte

La salida desde Curacaví era prometedora. Teníamos un prometedor futuro de cuestas y pendientes (en bajada todas), y la noche estaba particularmente agradable a esas alturas.
Pero... las tragedias comenzaron pronto. Al poco andar, comenzamos a notar la pendiente (ascendiente) del camino, para llegar al túnel Zapata. El problema es que esta subida era mucho peor que la primera. Al poco tiempo el cuñado de Ricardo nos abandonó en medio del camino: luego de quejarse por un par de kilómetros, se bajó de la flaca. No podía más.
Con mi espíritu solidario en un peak histórico, seguí adelante con Ricardo, quien al poco andar también abandonó, convirtiendo también su cicletada en una caminata. La cuesta seguía, y lo que me pareció un par de cientos de kilómetros adelante también me bajé. Ahí, al menos toda la gente caminaba. El pedaleo era algo olvidado en el tiempo. Al llegar al túnel, comenzó el descenso, pero que no se comparó ni remotamente al primero. Este era breve, muuuy frío, y nadie alcanzó a tomar mucha velocidad.
Luego de reencontrarme con Ricardo en unos 20 minutos en el peaje, esperamos al cuñado. Al final, porfono nos enteramos que había pasado el peaje, y que seguía pedaleando rumbo a Lo Vásquez.
En fin. Seguimos. Luego del peaje, viene una recta, sin pendientes ni nada, pero con una niebla horrible, y, aparte, un frío ídem. No, es que en serio. Es horrible es niebla.


Pronto amaneció, pero el frío siguió. Como ya se habrán dado cuenta, esa fue precisamente la peor decision del viaje. Claro, "andabamos en bicicleta... es idiota si llevas algo más que un cortaviento", pero lo que en realidad pasó fue que perdí mis manos por una hora al menos, y las encontré no antes de llegar a LoVásquez. Aparte, ya comenzaban a pasar algunos autos, la gente en verdad ya había llegado al Santuario o aValparaíso a esa hora (que en ese momento, cansado y con frío, se había convertido en una utopía).
Así que... llegamos a Lo Vásquez cerca de las 7:30, en un mar de gente que vendía de todo, desde calendarios hasta pailas marinas y ropa. De la Virgen, ni idea. Ricardo intento llegar, pero al poco rato abortó su misión en el pagano e improvisado mercado.
De vuelta a Santiago, hay buses, tengo que mencionar. 5k, con la bicicleta en la parrilla. Una espera de unos 20', nada del otro mundo. Ni remotamente legales, también hay que decir.
Pasé a buscar mis cosas a la casa de la Coté, y después, al hogar.
Fue un largo día.
¿Que si lo haría de nuevo?
No. No hasta Lo Vásquez. Este 2011 llegaré hasta Valparaíso.

domingo, 20 de febrero de 2011

A Lo Vásquez en Bicicleta - I Parte

Lo de ir a Lo Vásquez, como todas las cosas entretenidas de la vida, surgió de la nada. Javier, mi compañero del Magíster, me había comentado que "alguna vez podríamos ir". Él ya había ido otros años, y consideraba que probablemente sería una experiencia que me iba a gustar mucho.

Este año el 8 de diciembre fue miércoles. Ese día cierran completamente la ruta 68, para que fieles penitentes y ciclistas empedernidos puedan usar la vía (He ahí la maravilla del asunto). El lunes se me ocurrió ir, después de pensar que si alguna vez quería recorrer a la carretera austral en cleta, si no era capaz siquiera de ir a Lo Vásquez lo mejor era despedirse de la sureña idea. Y, convencido, llamé a Javier, que si bien me dió muchos consejos, no me aseguró si iba. Con Ricardo, un compañero de la u, me fue mejor.

La cosa es que gran parte de los consejos de Javier no los consideré TAN relevantes (grave error). Me recomendó una y mil veces ir abrigado, llevar buena luz, y partir a una hora prudente (antes de las 11pm).

De partida, Ricardo, su cuñado y yo partimos después de las 12:30 am (ya del día 8). La ideal para partir es hacerlo cerca de las 8 o 9 pm (del día 7), y así evaluar en Lo Vásquez la eventualidad de seguir pedaleando hasta Valparaíso (idea que tenía en mente al iniciar el viaje, debo decir). Las razones del atraso, el cumpleaños de Chapa en Bellavista, y la mochila inacomodable de Ricardo (aunque debo decir que fue más lo primero que nada)

Y partimos. Los tres sin tener mayores ideas, preguntándole a la gente por indicaciones de cómo seguir y todo.


Me fui twitteando. Siempre es bueno que al menos alguien sepa donde comenzar a buscar los cuerpos, ante cualquier eventualidad.

Hasta el Pronto, debo decir que estaba encontrando harto fome el viaje. Si bien la gran cantidad de gente que andaba en cleta me sorprendió muchísimo (en verdad era mucha), el viaje no se reducía más que a un pedaleo mundano en una noche muy fresca. En fin. Ibamos pedaleando, lo que era algo bueno. Peeeeero... pronto el viaje se puso entrete.


Ni más ni menos. Para llegar al túnel Lo Padro no hay ni una pendiente ni cuesta que le pese a uno. Incluso me fui conversando con un tipo de la mantención de la carretera (él en camioneta, yo en la cleta). Pero el descenso es súper largo, completa y absolutamente oscuro (no hay ni un miserable poste de luz ni referencia ni nada), y llegas a los 50 km/h fácil (si, le compré un computador a la Javiera, que registró ese máximo). Y si bien ahí me pesó un error nada menor (el llevar una luz no muy potente), sirvió como reflexión y que se yo. Bajar la cuesta a una velocidad que cuando vas en cleta piensas que bien podrían ser cientos de kilómetros por hora, solo, sin tener la más remota idea de que es lo que hay a 10 metros de distancia (y por tanto, con la posibilidad de que si algo se te cruza a 15 metros probablemente vas a morir irremediablemente), en un camino que incluso es un tanto sinuoso, en un cielo estrellado... wow. Fue una increíble sensación.

Paramos en Curacaví a comer, donde nos dijeron que aún quedaba más de la mitad del camino.

Lo que no nos dijeron, era que nos quedaba la peor mitad del camino ¬¬

(mañana, por este mismo canal y a esta misma hora, la segunda parte y final de este emocionante relato!)

(ok. Dejémoslo en relato)

lunes, 14 de febrero de 2011

Un verano naranja

Definitivamente, no me queda más que confirmar un teoría que esbozé hace algunos meses respecto a estas líneas. Simplemente escribo melancolía mediante. Y no es precisamente que por estos minutos lo esté, o al menos eso creo. Sino que simplemente, estaba la necesidad de mencionarlo.
Aparte, definitivamente hay un intento iluso, en quizás pensar en las nuevas generaciones intrigadas en conocer a sus antepasados. Será tal la cantidad de información recolectada y la necesaria para vivir, que un par de lineas de tu abuelo ni creo sean precisamente lo más interesante para leer. Por más que sean de tu abuelo.
En fin.
Las cosas relevantes, interesantes, emocionantes, ilegales y absurdas, esas han quedado fuera de este espacio.

"Pobre de mí"

A ver si mañana o pasado les relato una de mis más emocionantes historias de estos meses: Mi ida a Lo Vásquez (y)