Hay una idea que desde el terremoto tengo en el cerebro pero que no me había dado el tiempo de poner acá. Por si misma, en términos intelectuales, me causa controversia, pero lamentable hay una sensibilidad detrás de ello que no puedo negar.
Y es que es muy raro. En caso alguno soy nacionalista, y varias veces he discutido con amigos sobre los, según mi parecer vagos, conceptos de “nación chilena” y todo lo que eso involucra. Al menos para mí eso llamado Chile no es más que una construcción social, o mejor dicho, de una elite social, convencida de entregarle a una población un sentimiento de identidad que pudiera servir a los intereses de una sociedad, o nuevamente mejor dicho, a una parte de la sociedad; y que de paso, se construye basándose fuertemente en base a enemigos, que lo son principalmente por ser vecinos en un territorio americano fragmentado. Ni hablar de la bandera más linda y del segundo himno más hermoso del mundo.
Con todo esto… de pronto hay cosas que a uno le cambian la perspectiva. A los pocos días del terremoto, con una alarmantemente creciente cifra de desaparecidos que aparecían muertos, se dio permiso para que en los hogares se izasen las banderas, a media asta, en memoria de los fallecidos. Pero algo pasó. La mayoría de las casas izaron sus banderas a media asta, pero de una manera notable, en aquellas casas que ya no eran más que escombros o adobes a punto de caer, se elevaron hasta lo alto. Yo mismo puse la bandera en lo que quedó de casa, en un fierro que encontré, hasta arriba. Había un pacto tácito, social. Fue sorprendente. Sólo al volver a Santiago volví a ver banderas no a media asta, que por alguna razón me hacían sentir bien. Acompañado. Supongo es más menos lo mismo que pasa con los mineros, aun atrapados. Lo primero que hicieron fue precisamente cantar el himno nacional.
Hay, en todas estas situaciones, una necesidad de aferrarse a esos valores más básicos, como lo son la pertenencia a un algo, lo que sea, territorial, religioso, social, familiar.
En esos momentos es que uno se da cuenta de que esas palabras, esos gestos, que tantas veces parecieron vacíos, y/o falsos, en verdad son aquellos que te permiten estar vivo en este mundo. Ni más, ni menos.
Yap. Demasiada introspección barata y de dudosa calidad por hoy.
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