Este año el 8 de diciembre fue miércoles. Ese día cierran completamente la ruta 68, para que fieles penitentes y ciclistas empedernidos puedan usar la vía (He ahí la maravilla del asunto). El lunes se me ocurrió ir, después de pensar que si alguna vez quería recorrer a la carretera austral en cleta, si no era capaz siquiera de ir a Lo Vásquez lo mejor era despedirse de la sureña idea. Y, convencido, llamé a Javier, que si bien me dió muchos consejos, no me aseguró si iba. Con Ricardo, un compañero de la u, me fue mejor.
La cosa es que gran parte de los consejos de Javier no los consideré TAN relevantes (grave error). Me recomendó una y mil veces ir abrigado, llevar buena luz, y partir a una hora prudente (antes de las 11pm).
De partida, Ricardo, su cuñado y yo partimos después de las 12:30 am (ya del día 8). La ideal para partir es hacerlo cerca de las 8 o 9 pm (del día 7), y así evaluar en Lo Vásquez la eventualidad de seguir pedaleando hasta Valparaíso (idea que tenía en mente al iniciar el viaje, debo decir). Las razones del atraso, el cumpleaños de Chapa en Bellavista, y la mochila inacomodable de Ricardo (aunque debo decir que fue más lo primero que nada)
Y partimos. Los tres sin tener mayores ideas, preguntándole a la gente por indicaciones de cómo seguir y todo.

Me fui twitteando. Siempre es bueno que al menos alguien sepa donde comenzar a buscar los cuerpos, ante cualquier eventualidad.
Hasta el Pronto, debo decir que estaba encontrando harto fome el viaje. Si bien la gran cantidad de gente que andaba en cleta me sorprendió muchísimo (en verdad era mucha), el viaje no se reducía más que a un pedaleo mundano en una noche muy fresca. En fin. Ibamos pedaleando, lo que era algo bueno. Peeeeero... pronto el viaje se puso entrete.

Ni más ni menos. Para llegar al túnel Lo Padro no hay ni una pendiente ni cuesta que le pese a uno. Incluso me fui conversando con un tipo de la mantención de la carretera (él en camioneta, yo en la cleta). Pero el descenso es súper largo, completa y absolutamente oscuro (no hay ni un miserable poste de luz ni referencia ni nada), y llegas a los 50 km/h fácil (si, le compré un computador a la Javiera, que registró ese máximo). Y si bien ahí me pesó un error nada menor (el llevar una luz no muy potente), sirvió como reflexión y que se yo. Bajar la cuesta a una velocidad que cuando vas en cleta piensas que bien podrían ser cientos de kilómetros por hora, solo, sin tener la más remota idea de que es lo que hay a 10 metros de distancia (y por tanto, con la posibilidad de que si algo se te cruza a 15 metros probablemente vas a morir irremediablemente), en un camino que incluso es un tanto sinuoso, en un cielo estrellado... wow. Fue una increíble sensación.
Paramos en Curacaví a comer, donde nos dijeron que aún quedaba más de la mitad del camino.
Lo que no nos dijeron, era que nos quedaba la peor mitad del camino ¬¬
(mañana, por este mismo canal y a esta misma hora, la segunda parte y final de este emocionante relato!)
(ok. Dejémoslo en relato)
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